El Arte Hoy: ¿Arte o Artista?

Por Augusto Espino•Humanidades  

Desde hace poco más de un siglo, las Vanguardias palidecieron los cimientos del Arte Académico. Abriendo una brecha a la innovación desde diversas y ricas fuentes, lo que trajo consigo la democratización relativa del mundo, y de igual manera, dio cuenta a los cánones artísticos en sus diferentes disciplinas. La mayor muestra de ello es el surgimiento de numerosos movimientos, tendencias y propuestas de temprana extinción.

Un ejemplo son el Surrealismo y el Expresionismo, los cuales dieron respuesta a su tiempo y al golpe que representó la Primera Guerra Mundial. También, un principal exponente de éste cambio y la des-canonización de Europa fue el happening: movimiento surgido en los 50. El cual se soporta de un relativismo magno a las estructuras impuestas y se toma de la mano del performance como medio para llevar la experiencia estética a la “obra de arte”.

Con esto, se hace del espectador (en muchas ocasiones inexperto y pasivo) un participante. O sea, un actor en el proceso, independizándose de la consecuencia de la experiencia, y a la vez, llevando al arte a una delgada línea del acto entre la “ficción” y la “realidad”. De manera que se queda en jaque y en un limbo, sobre si existe el arte, la realidad, y qué de verdadero hay en ambos. El acercamiento de las masas a este genio creativo “libre”, innato en cada individuo, es reflejo de sus obras desde entonces.

Hoy día los avances tecnológicos, la creación del internet y las redes sociales, han abierto el foro de la crítica y el juicio a todo sujeto con acceso a las mismas, poniendo en tela, para estudios estéticos como artísticos ¿qué es el arte? ¿existe? ¿quién lo dice y por qué?

Se pueden tomar tres fuentes vigentes donde exalta su perspectiva al respecto: las entrevistas a la crítica de arte Avelina Lésper, y el documental El Espejo del Arte de Pablo Jato: ¿Esto es arte? dedicado a El compromiso del artista de Félix Ovejero, que ofrece el diario El País.

Lésper expresa sin miramiento alguno -el arte contemporáneo es una farsa-, argumentando que –la carencia de rigor (en las obras) ha permitido que el vacío de creación, la ocurrencia, la falta de inteligencia sean los valores de este falso arte, y que cualquier cosa se muestre en los museos-.

Un artificio sin mayor fondo y una fachada escueta; expresa que “todo lo que el artista realice está predestinado a ser arte: excremento, filias, odios, objetos personales, imitaciones, ignorancia, enfermedades, fotos personales, mensajes de internet, juguetes, etc.- y asegura qué –el arte dejó de ser incluyente, por lo que se ha vuelto en contra de sus propios principios dogmáticos y en caso de que al espectador no le guste, se le acusa de ignorante, de estúpido y se le dice con gran arrogancia, “si no te gusta, es que no entiendes”-.

Jato, por su parte, hace exposición del dispar en que se debate el arte entre curadores, galeristas e inversionistas, quienes ven el arte como un negocio al servicio del consumo y merchandising desenfrenado y fugaz que se vive en la contemporaneidad. Acompañado de las palabras de Lésper, se extrae el argumento de que al día de hoy al arte y la creación libre están sometidas a una obsesión pedagógica. Además, sumado la sobre producción de textos del mismo, la cual, niega la –experiencia estética libre, define, nombra, sobreintelectualiza la obra para sobrevalorarla-. Por tanto, se ha convertido en la dictadura del más mediocre.

El análisis de Ovejero ofrece un argumento más moderado al anterior, pues propone tomar la seriedad del creador como punto de partida. Pregunta con escándalo: ¿cuál es el valor artístico, estético, de esas obras de tanto precio? Responde con dos ideas principales. La primera: a diferencia de lo que sucedía “antes”, no existen criterios sobre qué sea arte, hasta el punto de que cualquier cosa puede serlo (…), “y, en consecuencia, tampoco existen criterios para valorar las obras (y como no existen criterios, los artistas, los creadores, pueden recurrir a todo tipo de subterfugios para medrar)”. La segunda, propone: –puesto que no existe certidumbre sobre el objeto “condición y valor”, vayamos al sujeto. Según una hipótesis igualmente sencilla: un sujeto virtuoso creará una obra buena; un sujeto deshonesto, una obra deshonesta-.

De tal manera, se ofrecen dos posturas. La primera es una pugna porque la academia sea el eje que regule al arte. Esto supondría evitar caer en el vicio de colgar dos bombillas de 40 vatios y venderlos como arte por 507,000 dólares o comprar el video de una “artista” copulando con su merchandiser, y que se argumente que el performance se encuentra en la adquisición del video y no en el acto sexual, que un “intercambio económico, vender y comprar arte, lo convierte en un intercambio muy personal y humano”. La segunda es la importancia del compromiso que el creador tiene con su obra. Aunque exista un ente regulador, el artista no puede permitirse caer en la hegemonía de la academia. Debe tomarse en serio lo que hace y poner lo mejor de sí mismo en su obra. Esa es la mejor garantía en la materia.

El Arte se encuentra en un momento de exigencia de creadores dispuestos a pagar el precio del pasado y el futuro. De entablar un diálogo con las estructuras académicas, pero sin llegar a una ortodoxia hermética y conservadora que no permita el coqueteo siquiera con la improvisación, y que esté abierto a ideas nuevas, arriesgadas, transgresoras y creativas, evitando llegar a un libertinaje absurdo o considerar que los poetas malditos, los decadentes, los surrealistas, o cualquier otro no estuvo preparado. Cada artista estudió y dio rienda suelta en su medida para mantener la frente en alto a su tiempo, para poder enfrentar el presente; ello es la llamada de atención que se ve en Lépser, Jato y Ovejero.

No cualquiera es un artista, porque aquél es el humano que tiene la voluntad y el valor de crear, de enfrentarlo todo: viejo y nuevo, al devenir, a él mismo y a su entorno; de cuestionarlo, de destruirlo y revés de desmentir y de creer, de ser y no ser. Tal como la visión de Nietzsche y el superhombre contra las mentiras que se alzan dogmáticas, que vaticinan humo que supuestamente está más allá de lo que se tiene en frente, sin un fundamento, sin una labor creativa, sin una verdad que cueste inconciencia y conciencia, razón y pasión, reflexión y emoción. De arriesgar todo por afirmarse en la vida, y no desde un nihilismo empedernido o un optimismo absurdo, sino más desde la poética vital de un artista verdadero, de un niño jugando, de un humano soñando, de un artista, un superhombre, creando.

Referencias

Bossini, S. 2015. Avelina Lésper: «El arte contemporáneo es una farsa». ABC Color. http://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/avelina-lesper-el-arte-contemporaneo-es-una-farsa-1433354.html (consultado el 18 de diciembre del 2016)

EL Semanario sin Límites. 2012. El arte contemporáneo es una farsa: Avelina Lésper. Vanguardia. http://www.vanguardia.com.mx/elartecontemporaneoesunafarsaavelinalesper-1362825.html (consultado el 18 de diciembre del 2016)

Jato, Pablo. 2013–2015. El Espejo del Arte. Documental. Embrujo Films. 2015.

Gómez-Robledo, Marina. 2015. ¿Entiende alguien el arte contemporáneo? El País. http://cultura.elpais.com/cultura/2015/06/12/actualidad/1434082476_755437.html (consultado el 21 de diciembre del 2016)

Bozal, V. 2014. ¿Esto es arte? El País. http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/25/babelia/1416940599_863683.html (consultado el 22 diciembre del 2016)

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